domingo, 18 de julio de 2010

Caminantes

La CTA entró al Siglo XXI honrando uno de sus postulados fundacionales: ganar las calles, plazas y rutas de nuestro país para dar testimonio de la lucha por la justicia social. Caminantes con chalecos del nuevo tiempo -convertidos en un sello de identidad de la clase- marcharon para propagar la idea de que si es necesario, es posible. Fue una peregrinación preñada de compromiso que regó la conciencia colectiva de los argentinos e interpeló al poder hegemónico.
Hace una década, la CTA insertó como prioridad en el debate de la agenda social terminar con la pobreza a partir de una justa distribución de la riqueza en lo que, a la postre, resultaría ser la más alta iniciativa estratégica del movimiento popular durante la etapa de resistencia al modelo neoliberal.
En efecto, entre el 26 de julio y el 9 de agosto de 2000 se llevó a cabo la Marcha Grande por el Trabajo que unió Rosario con Buenos Aires para demostrar que los sueños no tienen techo y denunciar que el hambre es un crimen. Esa movilización, de ribetes épicos, constituiría el prólogo de lo que luego iba a ser el Frente Nacional contra la Pobreza (FRENAPO). Un espacio multisectorial que lideró una amplia convocatoria popular. El FRENAPO promovió un Seguro de Empleo y Formación de 380 pesos para las jefas y jefes de familia desocupados; una Asignación Familiar de 60 pesos por hijo para todos los trabajadores; y una Asignación para los mayores de 65 años sin cobertura provisional.
No por casualidad un 26 de julio -Evita, Moncada-, más de doscientos caminantes iniciaron desde Rosario, bastión de la desocupación de los años ´90, una marcha para repudiar el modelo económico y presentar al Parlamento un proyecto de ley que propiciara un schock redistributivo.
La movilización pasó por diversas ciudades: Villa Constitución, San Nicolás, San Pedro, Baradero, Zárate, Campana, Moreno, Morón y La Matanza, donde se realizaron encuentros y asambleas con la participación de los vecinos.
Durante quince días, desocupados, mineros, aeronáuticos, judiciales, trabajadores estatales, de prensa, petroleros, trabajadoras sexuales, docentes, metalúrgicos, ocupantes de tierras y de los pueblos originarios vieron como ciudades que alguna vez fueron emblemas de la actividad fabril en el cordón industrial del Paraná, estaban abarrotadas de maxikioscos y empresas de taxis y remises.
El 9 de agosto, en el cierre de la caminata y de espaldas al Congreso de la Nación, se congregó una marea multitudinaria de gente para entregar a los diputados las firmas recolectadas con el propósito de convocar a una consulta popular. Allí quedó claro que si no la hacían ellos, la haríamos nosotros. Tal como ocurrió finalmente más de un año después: el 14, 15, 16 y 17 de diciembre de 2001 más de tres millones de compatriotas votaron a favor de que no haya ningún hogar pobre en la Argentina. Conviene recordarlo: La consulta se realizó en mesas ubicadas en la vía pública, en lugares de trabajo, en locales sindicales y en distintas instituciones. Pese a la falta de infraestructura, de publicidad, de recursos económicos y la escasa difusión que tuvo en los medios de comunicación, la propuesta optativa del FRENAPO consiguió más votos que la Alianza gobernante en las elecciones obligatorias del 14 de octubre de 2001.
Horas después que millones de argentinos se expresaran en las urnas sobrevinieron las históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en las que el pueblo le puso un freno al régimen neoliberal encarnado por el Gobierno de De la Rúa y Cavallo.
Desde aquel entonces hasta aquí ha corrido mucha agua bajo el puente. Hemos atravesado momentos de desconcierto, penurias, apremios y desencantos. Pero hoy somos más fuertes y numerosos que hace diez años, y tenemos mayor organización, presencia y representación entre la clase trabajadora.
Podemos contabilizar con orgullo un acumulado social que nos convierte en la referencia insoslayable de un nuevo modelo sindical que es protagonista de una propuesta innovadora: la Constituyente Social, que reconoce entre sus fuentes inspiradoras experiencias invalorables como la Constitución del ’49, añadiendo a la consagración de los derechos sociales y la soberanía sobre nuestros recursos naturales, los principios de democracia participativa e integración latinoamericana y el reconocimiento explícito de nuestro carácter plurinacional e intercultural.
Habitamos, a no dudarlo, el continente del futuro. O, lo que es lo mismo, tenemos la oportunidad de volver a bañarnos en las aguas de la pasión por la Patria Grande. Y, lo que es más importante, la posibilidad de volver a ejecutar entre todos la sinfonía de un sentimiento que abarca la extensa geografía de la esperanza.

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